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La tregua entre Israel y Hamas, más tambaleante que nunca

Desde el 10 de octubre de este año se puso en marcha el tan mencionado plan de “paz” entre Israel y Hamas, impulsado y financiado por Donald Trump y Benjamín Netanyahu. En los papeles, la idea era simple: detener los ataques, devolver los rehenes e iniciar un proceso que, con algo de fe (y bastante maquillaje diplomático), condujera a una paz duradera tras el último gran enfrentamiento, el ataque de Hamas en octubre de 2023, que dejó cientos de muertos y más de doscientos israelíes secuestrados.

Dos años después, el conflicto sigue igual, solo que ahora lleva la etiqueta “tregua”.

El panorama internacional para Israel está lejos de ser favorable. Perdió apoyo político y social incluso entre sus aliados históricos, mientras varios países europeos y latinoamericanos reconocieron oficialmente al Estado palestino. En el mundo árabe también hubo movimientos que incomodan a Tel Aviv, como la alianza entre Arabia Saudita y Pakistán. A eso se suman las imágenes diarias de la destrucción en Gaza y las denuncias por crímenes de guerra. Si eso es ser el pueblo elegido, entonces más de uno debe estar pensando en pedir otra ciudadanía celestial.

Netanyahu, consciente del desgaste, vio en el plan de Trump una oportunidad para lavarse la cara. Después de todo, posar como “el hombre de la paz” le venía bien tras su fallido intento de anexar Cisjordania. El problema, claro, es que esta paz es como una silla con dos patas: en cualquier momento se cae.

El acuerdo tiene dos pilares. Hamas debía devolver a los rehenes israelíes que mantiene desde 2023, vivos o muertos, y lo hizo a medias: de los 47 que quedaban, solo 20 estaban con vida al momento de la entrega. Por su parte, Israel liberó a casi 2.000 presos palestinos. Entre ellos, 250 que cumplían cadena perpetua por crímenes graves y otros 1.700 —incluidos 22 menores— que fueron detenidos durante la guerra en Gaza. Un trueque humanitario con sabor a cálculo político.

Pero lo que debía ser el principio de un proceso de reconciliación terminó convirtiéndose en un nuevo campo minado. Mientras Hamas acusa a Israel de seguir bombardeando zonas civiles, Israel asegura que el grupo islamista está demorando la devolución de los restos de los rehenes. Ambas partes juran ser las víctimas y culpan al otro de “romper el acuerdo”. La tregua, en la práctica, es una pausa para rearmarse.

Y si faltaba algo para enredar el guion, está el famoso “plan de fuerzas pacificadoras internacionales”. Sobre el papel suena heroico: países del Golfo, de Occidente y del mundo árabe enviando tropas para custodiar Gaza mientras se forma un gobierno de transición. En la práctica, nadie sabe quién va a mandar, quién va a obedecer ni cuánto durará. Hamas no quiere entregar las armas hasta asegurarse de que esas tropas no sean “una ocupación disfrazada”, y los países que deberían enviar soldados prefieren mirar para otro lado antes que quedar atrapados en otro Irak o Afganistán.

Netanyahu, fiel a su estilo, ya avisó: si las fuerzas internacionales no entran, “Israel hará el trabajo”. Traducido: otra ofensiva. Porque si algo dejó claro la historia, es que el verbo “pacificar” en Medio Oriente casi siempre se conjuga con misiles.

Así las cosas, el plan de paz parece un Frankenstein diplomático sostenido con cinta adhesiva. Trump y Netanyahu lo venden como un “avance histórico”, pero lo único histórico hasta ahora es la cantidad de veces que el mundo intentó pacificar Gaza y terminó viendo las ruinas por televisión.

Hoy, más que una tregua, lo que hay es un intermedio incómodo. Un respiro sin garantías, sostenido por amenazas mutuas y discursos vacíos. Nadie confía en nadie, todos juegan a ganar tiempo y la población civil —como siempre— es la que paga el precio.

¿Quién rompió primero el acuerdo? Difícil saberlo. Hamas no quiere soltar el poder, e Israel no sabe vivir sin estar “en alerta”. Si el tratado fracasa, no será sorpresa: será otro capítulo de una película que ya vimos demasiadas veces. Pero si milagrosamente sobrevive, será apenas eso: una tregua a medias, un intento más de “pacificar” una tierra que parece condenada a repetir su tragedia.

Y mientras tanto, el mundo observa, suspira… y cambia de canal.

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Sebastián Garcia

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