Si hay un país que ha sido “rata de laboratorio” de todas las intervenciones imaginables, ese es Haití. Podemos hacer una larga lista, no solo de las intervenciones, sino de los resultados catastróficos que éstas han dejado. Pero aquí seguimos, para bien o para mal, hablando de Haití. Ahora, un nuevo capítulo de su película.
Hoy, casi como de costumbre, volvemos a hablar de ello: una nueva misión internacional en Haití. Es como volver a mirar una misma película, pero con matices. La trama, sin embargo, es la misma. Y como si la historia no bastara para advertirnos, aquí estamos otra vez. Se trata de una nueva “Fuerza de Supresión de Pandillas” (GSF); es, digámoslo, la versión 2.0 de la “Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad” (MMS), aquella aprobada en octubre de 2023.
En su momento, ya hablamos aquí de la MMS y de cómo su éxito estaba condenado al fracaso casi que desde antes de su concepción. Lo que arranca mal, dicen, termina mal. Pero bueno, si había alguna duda, la GSF llegó para despejarlas todas. La MMS no fue suficiente, lo saben. Lo saben también Estados Unidos y Panamá, quienes promovieron la nueva resolución que da origen a la GSF. Dicha resolución fue aprobada por 13 votos a favor y tres abstenciones (Rusia, China y, raramente, Pakistán).
La justificación de las abstenciones fue más o menos la misma: falta de claridad en aspectos claves de la misión, como la sostenibilidad financiera, el concepto de las operaciones, las reglas de intervención y los pormenores relativos a las contribuciones en términos de efectivos. En otras palabras, están diciendo: “a ustedes les gusta tropezar con la misma piedra muchas veces, no han aprendido nada de las misiones pasadas”. Y, a decir verdad, algo de razón tienen.
Pero ¿por qué la abstención y no el veto? Sencillo: porque en las películas todos odian al villano. Además, ¿quién puede quitarle o al menos no ofrecerle una ayuda al sufrido Haití? ¡Nadie quiere cargar esa cruz! A veces, en la política internacional, es mejor advertir que negar. Dicho esto, la pregunta del millón es: ¿puede funcionar esta nueva misión o no? Verán.
En principio, la nueva fuerza podría entenderse como la continuidad de la MMS -en parte lo es-. Aunque el nombre es distinto, la misión es básicamente la misma: acabar con las pandillas que controlan las calles en Haití y establecer un mínimo de orden para la celebración de elecciones. Es cierto que esta misión varía en recursos y actuación, pero podría enfrentar los mismos obstáculos que la anterior: falta de dinero y problemas logísticos.
En términos económicos, por ejemplo, la GSF se financiará con aportes voluntarios de los Estados miembros de la ONU. De esta manera, sin presupuesto fijo, la plata -como los resultados- podrían llegar a cuentagotas. Esto es así porque la solidaridad hacia el pueblo haitiano, por parte de muchos Estados, se queda en el discurso. “Pobre Haití, ojalá me alcanzara el presupuesto para ayudarlo”, suelen decir. Quedó demostrado en la MMS: de los 600 millones que se estimaba costaría la misión al año, solo se recaudaron de forma voluntaria unos 114 millones. El resto fueron recursos bilaterales provenientes, en gran parte, de Estados Unidos.
En el plano logístico, la nueva misión prevé desplegar 5.500 efectivos entre militares y policías, además de 50 civiles. Una cifra interesante, que refleja casi el doble de los efectivos que se esperaba desplegar en la MMS. Hasta aquí suena todo muy atractivo, hasta que recordamos que, de los 2.500 efectivos que buscaba desplegar la MMS, solo logró desplegar -a duras penas- 970, en su mayoría procedentes de Kenia. ¿Ahora van a desplegar 5.500? ¿Qué faltó la última vez entonces: dinero, tiempo o voluntad? La verdad, las tres. Entonces, ¿por qué sería diferente esta vez? Nada indica una respuesta positiva a la pregunta.
En cuanto al proceder, la MMS tenía el mandato y el deber de hacer operaciones en conjunto con la Policía Nacional de Haití (PNH). Esta vez, la GSF goza de una autonomía que le permite llevar adelante operaciones militares y policiales de forma independiente. El único requerimiento solicitado es que estas operaciones estén en cumplimiento con el resguardo de los derechos humanos y la garantía de protección de niños, niñas y adolescentes. Pero, paradójica y tristemente, gran parte de las filas de las pandillas están conformadas por adolescentes de entre 12 y 17 años. Menudo desafío para los efectivos, ¿no creen?
Así llegamos al final de este relato. Con un mandato de un año -sujeto a resultados-, la GSF tiene el objetivo de suprimir a las pandillas, recuperar las calles de Haití y contribuir a establecer condiciones para la celebración de elecciones. Mientras tanto, la espiral de violencia arrasa con toda una población que se encuentra al borde del colapso, con cada vez más hambre, desplazamientos (se habla de 1,3 millones de personas desplazadas) y más muertes.
Esperamos expectantes, Dios no quiera, hasta octubre de 2026 para ver la siguiente temporada de la misión. Como quien sigue una serie en Netflix, mientras Haití colapsa en nuestra cara. Quizás en esa temporada China y Rusia aparecen como los héroes y no como los villanos… aunque este último papel, ellos suelen hacerlo demasiado bien. Finalmente, parece ser que la verdadera misión pendiente no es una fuerza internacional, sino entender por qué, después de tantas, Haití sigue solo.



